siguenos en:

Síguenos en FecebookSíguenos en Twitter

 

Inicio arrow Literatura y después. Reflexiones sobre el futuro de la literatura después del libro arrow Reinaldo Laddaga: La literatura en la declinación de la cultura del libro
Reinaldo Laddaga: La literatura en la declinación de la cultura del libro

Reinaldo Laddaga en el seminario 'Literatura y después. Reflexiones sobre el futuro de la literatura después del libro' ¿Qué se quiere decir cuando se plantea que estamos asistiendo a una "declinación de la cultura del libro"? Según Reinaldo Laddaga, ensayista y escritor argentino que actualmente es profesor en el Departamento de Lenguas Romances de la Universidad de Pennsylvania (EE.UU), se utiliza esta frase para señalar que los libros han perdido gran parte del prestigio que hasta ahora poseían y que cada vez recurrimos menos a ellos para interpretar el mundo y conocernos a nosotros mismos y a nuestros semejantes. Y también para denunciar que en las sociedades contemporáneas no estamos desarrollando de la manera que deberíamos una serie de hábitos asociados a la práctica de la escritura y de la lectura de obras impresas como la "constancia, la concentración o la tolerancia a los obstáculos hermenéuticos". Hábitos que no sólo consideramos positivos sino que nos parecen fundamentales para garantizar una "convivencia social saludable".

"La declinación de la cultura del libro" se ve, por tanto, como un proceso de pérdida de virtudes. "Y para muchos de nosotros", precisó Laddaga en el inicio de su intervención en el seminario Literatura y después, "es una expresión que despierta una reacción depresiva, incluso de pánico, pues identificamos nuestras posibilidades de tener una vida satisfactoria -tanto en un plano material como simbólico- con la continuidad de las instituciones de la cultura del libro. Nos sentimos acosados y ese acoso dificulta que pensemos la cuestión con la perspectiva necesaria, siendo conscientes de lo absurdo que es tratar de hacer pronósticos de la evolución que experimentarán procesos que están en curso".

En este sentido, Reinaldo Laddaga recordó que a mediados y finales de la década de los noventa, cuando comenzó la expansión de Internet, ya había un intenso debate en torno a "la declinación de la cultura del libro". En aquel momento, se oponía el modelo libresco tradicional al emergente modelo hipertextual, planteándose que mientras el primero se caracterizaba por ser lineal, exigir una recepción pasiva, favorecer la fijeza de los textos y propiciar el cierre de las partes sobre sí mismas, el segundo era multidireccional, promovía la interactividad, concebía los textos como elementos mutables y buscaba la vinculación de todo con todo. Sobre este diagnóstico más o menos consensuado se realizaban evaluaciones tanto negativas como positivas. En las positivas, la crítica del libro casi siempre se articulaba con una crítica del sujeto moderno y con la afirmación de que era posible un modo de ser que no estuviera condicionado por los imperativos de unidad, continuidad y coherencia al nivel de la biografía personal que se asociaban con las sociedades burguesas o disciplinarias. En las negativas, la expansión de Internet y del modelo narrativo hipertextual se veía como un paso más en el proceso de banalización y de renuncia al ejercicio crítico que estaba provocando la postmodernidad.

Reinaldo Laddaga en el seminario 'Literatura y después. Reflexiones sobre el futuro de la literatura después del libro' A Laddaga ya le resultaba curioso por aquel entonces (y le sigue resultando curioso ahora) que la mayor parte de estas evaluaciones se formularan desde lo que él llama el "campo de los profesionales". "Supuestamente", subrayó, "todos los que participamos en un seminario como éste somos profesionales. ¿O no? ¿Somos de verdad profesionales? Yo, cuando me pongo a pensar sobre este asunto, suelo llegar a la conclusión de que en tanto que profesor universitario sí me veo como un profesional, pero en tanto que productor de ficciones o memorias, no. Esta impresión se debe fundamentalmente a que por lo primero me pagan, mientras que por lo segundo no (o me pagan tan poco que es como si no lo hicieran)".

A su juicio, esta paradoja es una parte consustancial (probablemente la "más escandalosa") de la cultura del libro: los escritores son quienes menos se llevan de las recompensas materiales disponibles en el sistema aunque, eso sí, son los que reciben la mayor parte de los beneficios simbólicos (reseñas, premios, invitaciones a residencias y congresos...). Reinaldo Laddaga cree que la combinación de estos dos hechos provoca un "nivel particularmente alto de malestar" y que quizás "la declinación de la cultura del libro" puede ser una oportunidad para resolver -o, al menos, para hacer más explícita- esta tensión. Hay que tener en cuenta que se está configurando un nuevo sistema en el que actores que no habían entrado en escena hasta ahora -los fabricantes de artefactos digitales para la lectura: Apple, Amazon...- están acumulando un poder enorme, pero donde también es posible que cualquier individuo o colectivo pueda distribuir las obras que realiza sin necesidad de intermediarios y sin tener que plegarse a las exigencias que la producción industrial del libro impone (extensión limitada, número mínimo y máximo de ejemplares, adscripción a un género predeterminado, etc.). O dicho con otras palabras, si en el contexto de la cultura del libro eran las editoriales y las librerías quienes controlaban "la circulación de ofertas y de retribuciones disponibles en torno a la producción de actos estéticos de lenguaje", en la cultura postimpresa que comienza a dar sus primeros pasos este control lo detentarán las entidades que sean capaces de fijar los estándares tecnológicos, pero también productores individuales o pequeños grupos de productores que podrán trabajar con una autonomía de la que carecían en el modelo anterior.

El artefacto tecnológico que ha empezado a adueñarse de parte del espacio que hasta hoy ocupaba el libro es la tableta (iPads, Kindles...). Un dispositivo que, de algún modo, sigue exigiendo cierta fijeza de los textos y una lectura sucesiva y sostenida, pero que, al mismo tiempo, tiene rasgos y elementos que le diferencian radicalmente del objeto al que sustituye (al posibilitar, por ejemplo, que el texto sea revisable o que el trabajo de escritura se oriente más al ensayo de desarrollos progresivos que a la proposición de formas finales). "Con la aparición de las tabletas", explicó Reinaldo Laddaga, "el gran drama de la publicación de un libro, que siempre se ha concebido como un evento masivo e irreversible, se desmultiplica en una multitud de pasos de melodrama o de comedia". Se favorece así que surja una nueva cultura de lo literario que al no estar condicionada por la forma del libro, tiene una temporalidad distinta. Una temporalidad que, en palabras de Laddaga, se estructuraría en torno a "procesos de límites nebulosos" y no a "la articulación de grandes bloques de acción interrumpidos por transiciones puntuales".

Portada del libro 'Un prólogo a los libros de mi padre', de Reinaldo Laddaga En la emergente cultura digital la escritura busca nuevas formas de asociarse con la imagen y, aún en mayor medida, con el sonido. En este sentido, el autor de Un prólogo a los libros de mi padre (2011) señaló que en los próximos años aparecerán propuestas literarias híbridas que, aunque emparentadas con manifestaciones expresivas existentes (el cine, el cómic, la canción...) tendrán un estatuto completamente diferente. Esto demanda "una definición nueva de las competencias". No hay que olvidar que la cultura del libro es una "cultura de especialistas" con una gran variedad de tipos profesionales -escritores, editores, tipógrafos, ilustradores...- que se dedican a tareas específicas y que apenas interactúan entre sí. "Todo sucede entre cubículos y los intercambios pasan por interfaces  muy definidas y estrechas", describió gráficamente Reinaldo Laddaga. A su juicio, en una configuración de lo literario en la que el libro ya no es el eje en torno al que todo gira y las posibilidades de articulación entre textos, imágenes y sonidos aumentan de forma exponencial, es necesario que se empiecen a pensar y diseñar otras maneras de trabajar e incluso que se lleve a cabo una reevaluación del valor de lo profesional.

Según Laddaga, de todas estas reflexiones se deduce que "la declinación de la cultura del libro" puede y debe verse como "un caso particular de una transformación más general de la figura de lo humano". Una transformación que no está teniendo el carácter apocalíptico que se pensaba que iba a tener (pues no se materializa a través de "actos espectaculares de desubjetivación y resubjetivación") y de la que vamos tomando conciencia cada vez que leemos algún artículo sobre "los avatares de la transmisión genética" o sobre "el automatismo de tal o cual reacción individual". Seguimos concibiéndonos como individuos, pero empezamos a reconocer que "los límites entre las partes que componen el juego del mundo son mucho más inciertos" de lo que hasta ahora habíamos creído. Y de este modo, vamos aceptando, casi sin darnos cuenta, una serie de presuposiciones. Por ejemplo, la presuposición de que nuestros pensamientos, instintos y emociones no pueden desligarse de nuestro sistema nervioso y de que no tenemos un control directo de ciertos procesos cognitivos que son determinantes en las decisiones que adoptamos. O también la presuposición de que los cuerpos y las máquinas (especialmente aquellas que Félix Guattari llama "máquinas energéticas", por ejemplo, los ordenadores) tienen naturalezas muy parecidas y de que más que la búsqueda de una satisfacción plena, deberíamos tender hacia "una condición estable y sostenida de auto-regulación".  

"Los libros deben reubicarse en esta nueva constelación", señaló Reinaldo Laddaga en el tramo final de su conferencia. Hay que tener en cuenta que la lectura de libros (o, más en concreto, la lectura de ciertos tipos de libros: poemarios, colecciones de ensayos y, sobre todo, novelas) está vinculada a una manera de vida que ha entrado en crisis. Y no parece muy razonable empeñarse en seguir siendo la clase de sujetos o de individuos que esa manera de vida contribuyó a generar. "Individuos", concluyó Laddaga, "capaces de definir sus propios deseos y de ajustar sus acciones para lograr satisfacer dichos deseos sin atenerse (o ateniéndose mínimamente) a las recomendaciones que una tradición podía darles, y para los cuales el descubrimiento de la propia individualidad era la clave para alcanzar ese valor de los valores que es la dignidad".