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Resumen I de las Jornadas de debates internos (Baeza, 29 de noviembre / 1 de diciembre 2005). Relación con los gobiernos progresistas

Imagen de las jornadas de debates internos de "Rutas de la potencia" Los acontecimientos de diciembre de 2001 en Argentina, las movilizaciones en Bolivia contra la gestión privada de recursos públicos (agua, gas, lenguajes) o las concentraciones en España ante las sedes del PP tras los atentados del 11-M, han sido experiencias de intensa politización de la sociedad que han marcado las prácticas y reflexiones de los participantes en estas sesiones internas de debate de Rutas de la potencia. Tanto en Argentina como en España, cuando la situación social y política logró normalizarse, se produjo un "cierre" de ciertos ámbitos creados por esos procesos de politización, algo que, a juicio del Colectivo Situaciones, no debe percibirse como un fracaso, pero que es necesario analizar con detenimiento para encontrar modos de prolongar los "efectos libertarios" de estas luchas.

Esa percepción fue compartida por Marta Malo de Molina, miembro de iniciativas como Contrapoder o Precarias a la deriva que apuestan por no enclaustrarse en "los guetos militantes" desde la convicción de que esa energía social "sigue estando ahí, aunque no sepamos muy bien las herramientas que hay que utilizar para poder activarla". Margarita Padilla, colaboradora de Radiopwd, sostuvo que para reencontrar líneas de politización hay que poder asumir el tipo de problemas que hoy emergen: a modo de ejemplo, dijo que tras los atentados del 11-M está experimentando una sensación de bastante soledad, "de no tener lugar, de que en unos sitios sobro y en otros falto".

Para Josevi Soria, del colectivo SinAntena (exTelepies), este es un problema común en todos los espacios militantes, al menos en el Estado español. "Es una sensación de no saber cuál es el papel que tenemos que cumplir", explicó, "algo que quizás está relacionado con la desaparición de los modelos de emancipación que impulsaron las luchas antagonistas durante el último siglo". Miguel Benlloch, de BNV, recordó que en la década de los ochenta, tras la llegada al poder del PSOE (Partido Socialista Obrero Español) y el ingreso en la OTAN, también se vivió un profundo proceso de despolitización y desideologización de la sociedad. "Esto llevó", rememoró, "al desmantelamiento casi total de la estructura organizativa que había articulado la izquierda radical en los últimos años del franquismo y los primeros de la transición, cuando era capaz de sacar a la calle a amplios sectores de la población".

Imagen de las jornadas de debates internos de "Rutas de la potencia" Raquel Gutiérrez Aguilar, una de las fundadoras del grupo de investigación social boliviano Comuna y actual integrante del Colectivo mexicano Libertad, aseguró que la politización de la mayor parte de los colectivos sindicales y las comunidades que se han movilizado en Bolivia durante los últimos años (que incluso han llegado a derrocar gobiernos o a expulsar del país a poderosas multinacionales), se ha basado siempre en una reivindicación de carácter negativo, "en un decir no". "La guerra del agua o del gas", ejemplificó, "fueron frutos del hartazgo, de la negación". A su juicio, una vez pasa la situación excepcional que genera la confrontación, si no se sale de esa dinámica de rechazo, es muy difícil mantener a la gente implicada en un proceso de lucha. Por ello cree que es necesario pensar proyectos propositivos (esto es, modos de decir "sí") que sean capaces de construir un horizonte de deseo que, en la medida de lo posible, trascienda el ámbito local. En esta misma línea se manifestó Mario Santucho, del Colectivo Situaciones, que aún asumiendo que son los momentos de conflicto los que posibilitan una mayor interacción de los movimientos sociales con sectores más amplios de la sociedad, piensa que esa interacción puede y debe propiciarse en otros contextos. Para ello, según Santucho, es preciso construir redes sociales plurales, complejas, pensantes, que permitan desarrollar proyectos a largo plazo y en ámbitos muy diversos.

Por su parte, Rocío Pozo, de la Plataforma Casa del Pumarejo (Sevilla), cree que únicamente la implicación afectiva en una lucha puede llevar a los ciudadanos a politizar su vida cotidiana. Un tipo de implicación que sólo se puede alcanzar si esas luchas atañen a las problemáticas vitales concretas que sufre cada comunidad, desde el acceso a materias primas y recursos básicos como el agua o el gas a conflictos relacionados con la vivienda o la precariedad. Rocío Pozo también subrayó la conveniencia de reflexionar sobre el verdadero alcance del compromiso militante que tienen los propios integrantes de los movimientos sociales. "¿Es nuestra militancia un entretenimiento pasajero, algo a lo que le dedicamos nuestros tiempo libre?", se preguntó, "¿o un compromiso sólido que afecta nuestra propia cotidianidad?".

Nicolás Swiglia, del colectivo Entránsito, planteó la necesidad de desarrollar mecanismos de intervención política relacionados con la experiencia cotidiana de los ciudadanos contemporáneos (con sus intereses, preocupaciones y deseos), y no limitarse a esperar pasivamente que ocurran ciertos acontecimientos o conformarse con la celebración puntual de grandes eventos (manifestaciones, foros sociales) que visibilizan las luchas de los movimientos sociales de una forma tan llamativa como efímera. En este sentido, Marina Garcés (Espai en blanc) explicó que una pequeña red de colectivos y proyectos que hay en Barcelona, desde la convicción de que es imprescindible re-pensar las prácticas y propuestas de los movimientos sociales, ha iniciado recientemente un proceso de investigación para buscar claves de análisis que permitan desbordar la noción de movimiento y descubrir las formas de politización que se generan en sus márgenes. Un proceso parecido al desarrollado por el Colectivo Situaciones en el marco del proyecto Rutas de la potencia. "La despolitización experimentada por la sociedad argentina tras la llegada al poder de Kirchner", recordó Sebastián Scolnik, "nos llevó a realizar una serie de recorridos por América Latina que nos han permitido re-pensar nuestras propias prácticas y comprender que existen formas de politización que a veces son muy difíciles de detectar".

Imagen de las jornadas de debates internos de "Rutas de la potencia" Javier Toret, que también es miembro del colectivo Entránsito, indicó que los movimientos sociales deben re-inventar continuamente sus estrategias y ser capaces de re-pensar su relación con el "afuera". Sólo así podrán crear espacios políticos más amplios y encontrar nuevos interlocutores. "Hay que proponer soluciones políticas a las cuestiones que nos afectan (precariedad, leyes de propiedad intelectual, flujos migratorios)", subrayó, "y no limitarse a reproducir consignas gastadas e inocuas que además se concibieron para contextos sociales y simbólicos muy diferentes al actual". Para ello cree que habría que producir imágenes y mensajes que posibiliten conectar con sectores sociales que, por lo general, están alejados de los circuitos activistas. Es decir, plantear reivindicaciones positivas (proyectos propositivos) que permiten configurar nuevas subjetividades políticas e ir más allá de los guetos militantes. Algo que, a su juicio, está consiguiendo una iniciativa como el "Mayday", conjunto de actividades y movilizaciones a través de las cuales los precarios y precarias del planeta (concebidos como sujetos políticos) intentan actualizar y re-inventar la celebración del primero de mayo, recuperando su original impulso combativo.


Relación con los gobiernos progresistas. El caso de Bolivia.
En gran medida, el éxito del movimiento social boliviano (que ha hecho posible la llegada al poder de Evo Morales), se debe a la cooperación entre los distintos colectivos que lo conforman, tanto los vinculados a comunidades indígenas y de ámbito rural (colectivos aymaras, asociaciones cocaleras) como los relacionados con espacios urbanos (grupos feministas, Juntas Vecinales de ciudades como El Alto). Esta confluencia de las luchas campesinas y urbanas en un país como Bolivia (donde la organización comunitaria sigue teniendo mucha importancia) ha permitido la emergencia de iniciativas como la Coordinadora del Agua de la ciudad de Cochabamba que logró concentrar en un mismo espacio político a colectivos muy diferentes pero que tenían un elemento común: su oposición a la privatización de la gestión del agua. Una gestión que a finales de los años noventa el gobierno boliviano puso en manos de corporaciones multinacionales que, en el caso de Cochabamba, utilizaron como testaferro a una empresa fantasma montada por personajes muy conocidos en la región por su total falta de escrúpulos.

"No hay que olvidar", recordó Raquel Gutiérrez Aguilar, "que en la década de los noventa, la aplicación de medidas neoliberales había conducido al desmantelamiento de la acción política de la clase obrera boliviana, obligada a adoptar una actitud meramente defensiva". Sin embargo, en esos "años oscuros", la Confederación de Trabajadores Fabriles de Cochabamba logró articular una resistencia bastante eficaz, basada en tres objetivos prioritarios: entender las dinámicas a las que tenían que hacer frente los movimientos sociales en un contexto local y global marcado por los efectos de las políticas neoliberales; dar visibilidad a sus problemáticas y reivindicaciones mediante estrategias e iniciativas que llegaran a los medios de comunicación; y organizar una red social amplia, flexible y diversificada (que se materializó a través de proyectos como las llamadas "escuelas del pueblo").

Partiendo del análisis de las experiencias de estos dos colectivos, Raquel Gutiérrez Aguilar se preguntó si es el antagonismo la razón de ser de los movimientos sociales. "Yo creo que sí", respondió, "y a la vez que no. Sí, porque lo común es siempre común contra algo; y no, porque siempre somos más de lo que somos contra algo". Es decir, por más que sean externas las circunstancias que determinan la efectividad de los movimientos sociales (que, a su juicio, deben ser pensados como seres vivos, con sus limitaciones y complejidades), éstos siempre poseen un plus, un excedente que queda fuera de dichas circunstancias. En ciertos momentos excepcionales, sus acciones cobran más visibilidad y confluyen con los intereses de amplios sectores de la población. Pero esa confluencia sólo es posible gracias al trabajo que desarrollan el resto del tiempo. "Igual que en el corazón de los organismos vivos, a los momentos de sístole (contracción) les suceden otros de diástole (relajación)”, explicó Gutiérrez Aguilar, “en la vida política siempre se superponen periodos de negación (de resistencia) a otros de afirmación (de construcción)".

Lo común se conforma en la frontera que se establece a partir de un "no". Pero ese “no”, puede servir de punto de partida para inventar nuevos modos de hacer y configurar la posibilidad de una afirmación. En Bolivia, la Coordinadora del Agua de Cochabamba encontró una fórmula expresiva que condensaba esta ambigüedad conceptual: "nosotros, los que no vivimos del trabajo ajeno". Es decir, se partía de una negación ("los que no vivimos del trabajo ajeno"), para construir una afirmación identitaria ("nosotros"). A su vez, esa identidad se fundamentaba sobre un acuerdo previo entre los distintos colectivos que formaban parte de esa coordinadora. Y sólo a partir de ese acuerdo previo se reconocían las diferencias que había entre ellos. "Una decisión muy recomendable", expresó Raquel Gutiérrez Aguilar, "pues si la diferencia se convierte en el fundamento del acuerdo, éste sólo puede materializarse en términos contractuales".

Si en Bolivia, el carácter negativo de la lucha de los movimientos sociales del entorno de Cochabamba fue transformándose en un gesto propositivo que generó la emergencia de una nueva subjetividad política -el regante-, en Sevilla, según Rocío Pozo, la confluencia de distintas luchas contra la especulación inmobiliaria y los desalojos, también ha generado una nueva subjetividad política: el inquilino. Una identidad política construida a partir de un "común contra algo" (la especulación inmobiliaria y los procesos de gentrificación de antiguos barrios populares), pero con capacidad de ir más allá de ese impulso antagonista y articular proyectos propositivos (afirmativos). Para canalizar estas luchas se ha creado una herramienta organizativa, la Liga de Inquilinos de Sevilla, que aglutina a colectivos muy diferentes (desde jóvenes okupas hasta vecinos de renta antigua) y que está trabajando en diferentes zonas de la ciudad (Pumarejo, barrio de San Bernardo, La Bachillera).

A juicio de Marta Malo de Molina, un ejemplo claro de que el plano común se construye a partir de un "no" estaría en las movilizaciones contra la guerra de Irak. En cualquier caso cree que el "no" en sí mismo es insuficiente para mantener la continuidad de una lucha. "Tiene que haber momentos de afirmación", señaló, "pues si en ese dinámica de sístole-diástole todo se queda en el vaivén del no, se produce un vacío, un enquistamiento que impide desarrollar nuevas estrategias y acciones".

Por su parte, Amador Fernández-Savater, que colabora con la revista Contrapoder, señaló que la comparación de la dinámica militante con los movimientos de sístole-diástole del corazón es muy interesante porque permite pensar los momentos del "no" (de insubordinación, de antagonismo) en su relación continua y necesaria con otros momentos afirmativos, tanto anteriores como posteriores. Por ejemplo", precisó, "en España, la existencia de unas redes de afinidad previas (ideológicas, pero también afectivas y relacionales) posibilitaron las masivas movilizaciones contra la guerra de Irak que, a su vez, alumbraron la emergencia de nuevas redes de afinidad (o la consolidación de las ya existentes) que, a su vez, constituyeron la trama que hizo posible la rápida y eficaz difusión de los sms que originaron las concentraciones espontáneas ante las sedes del Partido Popular (PP) el 13 de marzo de 2004". En cualquier caso, Amador Fernández Savater considera que los circuitos militantes no pueden -ni deben perder un segundo tratando de- decretar el espacio-tiempo de la revuelta o "administrar" políticamente sus efectos a medio y largo plazo.

Para Jun Fujita Hirose, profesor asociado de la Facultad de Ciencias Empresariales de la Universidad de Ryukoku (Kioto), los movimientos sociales representan un acto colectivo de apropiación de saberes políticos que, en su devenir, adoptan tanto posiciones antagonistas como propositivas. "En mi país", explicó, "no existe esta cultura de apropiación colectiva de los saberes políticos, pues prevalece la idea de que para pensar en esos asuntos, ya están los expertos y profesionales de la política". Una situación muy diferente a la que ha vivido Argentina durante los últimos años, en los que los movimientos sociales han tenido una gran visibilidad e incluso han sido capaces de influir en la marcha de los acontecimientos. Sin embargo, el gobierno progresista de Néstor Kirchner ha conseguido reapropiarse de sus discursos y reivindicaciones, generando un proceso de despolitización y desideologización de la sociedad. "Y como ocurre en Japón", aseguró Sebastián Scolnik, "cada vez se impone más la idea de que hay que dejar la acción y la reflexión política a expertos y profesionales".

Imagen de las jornadas de debates internos de "Rutas de la potencia" Francesco Salvini, que ha militado en distintas iniciativas del colectivo italiano los Monos Blancos (luego Desobedientes), piensa que, en ciertas ocasiones, la relación de los movimientos sociales con los gobiernos progresistas ha contribuido a la gestación de herramientas y experiencias políticas muy productivas que incluso han tenido efectos imprevistos por las propias instituciones. A su juicio, no tiene sentido pensar el antagonismo - el "no", el grito- como el principal elemento definitorio de los movimientos sociales. "Pues ese no", recalcó, "es fruto de una economía de escasez, y en ciertos contextos es posible trazar vías de fuga, sedimentar nuevos horizontes de transformación". En este sentido, comparte la convicción de Javier Toret de que uno de los principales logros de los movimientos sociales europeos en los últimos años ha sido la re-apropiación afirmativa de la condición de "precario", pues ha permitido la emergencia de una nueva subjetividad política con la que se identifican muchísimos ciudadanos (especialmente los más jóvenes).

Más allá de la dialéctica entre negación y afirmación, Marina Garcés considera que existen otras cuestiones que los movimientos sociales deben preguntarse a la hora de pensar su relación con los gobiernos progresistas. Por ejemplo, ¿cómo y cuándo se puede situar en la centralidad del debate público ciertas problemáticas?, ¿cuáles son los agentes que están capacitados para hacerlo?, ¿a qué herramientas comunicativas se puede recurrir para intentar influir en la agenda mediática? "No hay que olvidar", advirtió Marina Garcés, "que en España, el gobierno de Zapatero ha logrado desplazar a los movimientos sociales del debate público".

Por su parte, Isaías Griñolo, que colabora con la plataforma La Mesa de la Ría (que integra a diversos colectivos onubenses), considera que hay contradicciones de algunos gobiernos autodenominados progresistas que no se deben pasar por alto. Por ejemplo, la contradicción en la que está cayendo el ayuntamiento de Sevilla (gobernado por PSOE e IU, dos partidos de izquierda) que, en colaboración con el ejecutivo de José Luis Rodríguez Zapatero, ha centrado la remodelación económica de la ciudad en un parque empresarial dedicado a la industria aeronáutica (Aerópolis) cuyo proyecto estrella es el ensamblaje del avión de transporte militar A-400M. "Es decir", precisó Griñolo, "el gobierno del no a la guerra, hace que el futuro económico de una ciudad como Sevilla dependa de un proyecto con claras connotaciones bélicas".

Desde la convicción de que el espacio político y social no es algo fijo y predeterminado, sino una realidad compleja y cambiante que se construye a partir de una dinámica de contrapoderes (y en la que, por tanto, se puede intervenir), Raúl Sánchez, integrante de sindominio.net/unomada y del consejo de redacción de la revista Contrapoder, cree que estamos en un momento en el que se puede pensar una "nueva democracia". En América Latina hay varios gobiernos que se han instalado sobre experiencias directas de luchas sociales y políticas (desde Lula en Brasil a Evo Morales en Bolivia) y que, a día de hoy, están buscando alianzas con los movimientos sociales. Esas alianzas se articulan a través de complejos procesos de negociación en el que ambas partes tienen capacidad de maniobra. No hay que olvidar que estos ejecutivos progresistas necesitan crear un nuevo pacto social que garantice la gobernabilidad. Y en ese proceso, los movimientos sociales pueden desempeñar un papel muy activo. "Es una situación", subrayó Raúl Sánchez, "que guarda ciertas semejanzas con la que propició la consolidación del New Deal en Estados Unidos tras la gran crisis económica de 1929".