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Conferencia de Didier Eribon: Teorías de la literatura: las lecciones de Charlus, Divine y algunos otros

Didier EribonAl igual que Gilles Deleuze, Didier Eribon, pionero de los estudios gays y queer en Francia y autor de una de las biografías más conocidas que se han realizado sobre Michel Foucault, considera que los grandes escritores son también grandes teóricos, pues proponen nuevas maneras de percibir y pensar la realidad y de describir -tanto en términos históricos y sociales como subjetivos y existenciales- los procesos de construcción de identidades. En este sentido, Eribon cree que Marcel Proust y Jean Genet han elaborado teorías acerca del género y de la sexualidad mucho más interesantes que las desarrolladas por el psicoanálisis, un discurso que, sobre todo en su vertiente lacaniana, ha ejercido (y sigue ejerciendo) una gran influencia en la política francesa.

A su juicio, es necesario que las teorías queer desplieguen una operación deconstructiva del discurso psicoanalítico lacaniano -"que es profundamente homófobo y misógino"- y exploren los mecanismos a través de los cuales se configuran los modos de subjetivación sin recurrir a las categorías conceptuales y herramientas analíticas de esta disciplina. Esto es lo que ha intentado hacer en libros como Una Moral de lo minoritario. Variaciones sobre un tema de Jean Genet, donde muestra cómo algunos personajes de las novelas de Genet consiguen transformar la vergüenza que sienten por su "sexualidad desviada" en un gesto político, o Echapper à la psychanalyse (aún no traducido al castellano), en el que aborda, entre otras cosas, la cuestión del amor en Marcel Proust.

En En busca del tiempo perdido, Proust desarrolló distintas aproximaciones teóricas al tema de la homosexualidad, pero la crítica académica suele identificar la "teoría proustiana de la homosexualidad" exclusivamente con los comentarios que hace el narrador de esta obra sobre el personaje de Charlus, del que dice que es una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre, esto es, que tras su apariencia masculina se oculta una realidad femenina (idea que enlaza con la definición de la homosexualidad como "inversión psíquica de género" que promovió el discurso médico de finales del siglo XIX). Sin embargo, como ya mostró Eve K. Sedgwick en Epistemología del armario, Proust reflexiona sobre la homosexualidad a través de otros personajes, incluido el propio Charlus que en ningún caso se percibe a sí mismo como alguien con "alma de mujer encerrada en el cuerpo de un hombre".

Se puede argumentar, por tanto, que la teoría sobre la homosexualidad en la escritura de Proust se construye a partir de una multiplicidad de puntos de vistas (que con frecuencia chocan y se contradicen), pues el discurso dominante que se expone a través de la voz del narrador queda contaminado por interpretaciones "desviadas" que ofrecen personajes como el barón de Charlus. De este modo, el lenguaje de los dominados se infiltra (e infecta) en el corazón de una ficción normativa que articula un discurso sobre la homosexualidad desde un enfoque claramente heterosexual. Según Didier Eribon, todo esto es posible gracias a una sofisticada estrategia narrativa que permitió que Marcel Proust afirmara su virilidad inventando un "alter ego" heterosexual para hablar de la homosexualidad (no hay que olvidar que llegó a librar un duelo con el escritor Jean Lorrain porque éste había dicho en un artículo periodístico que al autor de Los placeres y los días le gustaban los hombres), al tiempo que introducía de forma indirecta ideas y valoraciones que contrarrestaban el discurso heterocentrado y homófobo que producía ese alter ego.

El barón de Charlus habla continuamente de la homosexualidad hasta el punto de que en La Prisionera (el quinto volumen de En busca del tiempo perdido), su amigo Brichot -que es profesor en la Sorbona- le dice que podría dar clases sobre este tema en cualquier institución académica de prestigio. Un comentario que, como señaló Eribon, refleja que a Proust se le ocurrió la idea de crear un programa de estudios sobre gays y lesbianas casi setenta años antes de que empezaran a hacerlo algunas universidades de Inglaterra y Estados Unidos. El problema, según Brichot, es que se trata de una cuestión que sólo le interesa a un número muy reducido de personas, pero el barón le replica que eso no es cierto y que en realidad hay muchos más individuos con inclinaciones homosexuales de lo que se cree. De hecho, Charlus llega a asegurar que sólo el 30/40% de los varones son claramente heterosexuales, algo que inquieta al narrador -siempre dispuesto a dar pruebas de su virilidad- porque piensa que si ese dato se puede extrapolar a las mujeres, se complica aún más su búsqueda de una amante ideal.

Antes de esta conversación con Brichot, el barón de Charlus cuenta que a lo largo de su vida había observado grandes cambios en los rasgos y las costumbres de los hombres que se sienten atraídos por otros hombres. Cuando él era joven, asegura, solían ser personas discretas y caballerosas que intentaban casarse con una mujer de atributos masculinos y llevar una vida conyugal y/o amorosa estable. Sin embargo, a medida que fue haciéndose mayor, comenzó a detectar un aumento considerable del número de hombres con inclinaciones homosexuales que eran (o se comportaban como) "mujeriegos empedernidos", buscaban esposas y amantes muy femeninas y tenían una vida conyugal y/o amorosa bastante desordenada. A su juicio esto había provocado que, incluso para los "iniciados", cada vez resultara más difícil reconocer a los homosexuales.

Más allá de la rigurosidad histórica de esta apreciación, lo interesante, según Didier Eribon, es que a través de ella Proust describe un modelo de "personalidad" gay que pone en cuestión la teoría de la inversión psíquica de género (base de la teoría sobre la homosexualidad que desarrolla el narrador de En busca del tiempo perdido). Hay que tener en cuenta que a estos "homosexuales mujeriegos" no se les puede considerar "invertidos" (esto es, mujeres atrapadas en cuerpos de hombres), pues poseen una personalidad inequívocamente masculina y su "pluma" no se hace más visible conforme envejecen (como dice el narrador que le estaba ocurriendo a Charlus).

Didier EribonAl igual que Marcel Proust, el escritor francés Jean Genet también construyó un complejo y a menudo contradictorio discurso teórico sobre el tema del género y de la sexualidad en sus novelas Nuestra Señora de las flores, Querelle de Brest y El milagro de la rosa. En esta última, Genet describe la vida en una colonia penitenciaria en la que, aparentemente, sus integrantes tienen unos roles sexuales muy marcados que se articulan en torno a una serie de dualidades: masculino vs femenino, madurez vs juventud, actitud activa vs actitud pasiva... En este microuniverso masculino las relaciones sexuales y afectivas están extremadamente codificadas y jerarquizadas, de modo que los varones más mayores y más fuertes tienen un papel activo y dominante (ejercen de "hombres"), mientras los varones más jóvenes y débiles asumen un rol pasivo y sumiso (actúan como "mujeres"), formando entre ellos parejas "complementarias" que funcionan como auténticos matrimonios heterosexuales.

Poco a poco, el narrador va descubriendo que, en realidad, este sistema de organización no es tan rígido ni está tan polarizado como parece y que los integrantes de este microuniverso varonil pueden ser, al mismo tiempo, amantes ("hombres") y amados ("mujeres"), es decir, que aquellos que dominan y adoptan un rol sexual activo en una relación pueden ser dominados y asumir un rol sexual pasivo en otra (y viceversa). A partir de esta "revelación" -que al principio le genera un gran desconcierto pues le obliga a repensar muchas de sus convicciones-, elabora una especie de cosmología que plantea la existencia de una cadena masculina universal que une a todos los hombres -varones- entre sí. En un extremo de esa cadena estaría Harcamone (un criminal "honesto y consecuente" que, como asegura Pedro García Olivo en un artículo publicado en La Haine- "verdaderamente se había ganado la prisión -asesinando niños-, y no como aquellos otros que recalaban en 'la mansión del dolor' [Wilde] por razones patéticas: víctimas de errores judiciales, ladronzuelos arrepentidos, delincuentes ocasionales y hasta involuntarios...") y en el polo opuesto, el propio narrador.

En esta cosmología alegórica de Genet, Harcamone simboliza el "hombre absoluto" (aquel que sólo es amante), pues inicia la cadena de penetraciones que vincula a todos los hombres entre sí y sólo él no es "enculado" por nadie. El narrador, por su parte, representa la "mujer absoluta" (aquel que sólo es amado), ya que a nadie penetra pero sobre sus riñones recae todo el peso de esta cadena fálica universal (que Genet describe como una guirnalda). Entre uno y otro hay una sucesión de "hombres-mujeres" que, a la vez, que penetran, son penetrados, es decir, que "ejercen" tanto de machos dominantes como de hembras sumisas, tanto de amantes activos como de amadas pasivas.

Según Didier Eribon, esta cosmología se basa en una lógica de dominación masculina y heterosexual (que se articula en torno a un proceso de heterosexualización de la práctica homosexual), pero al mismo tiempo propicia una inversión de esa lógica ya que promueve una homosexualización (o feminización) general del mundo de la masculinidad. No hay que olvidar que el acto a través del cual Harcamone instaura (construye) la masculinidad -esto es, el inicio de la cadena de penetraciones que vincula a todos los hombres entre sí- origina también el desmoronamiento (la deconstrucción) de dicha masculinidad. En este sentido, Eribon recordó que, como ha sugerido Judith Butler a propósito del género, la aplicación práctica de cualquier norma produce necesariamente desviaciones. Un ejemplo de esto, añadió, está en la escritura de Marcel Proust y Jean Genet, donde las teorías sobre el género y la sexualidad se deshacen a medida que se exponen, ya sea por el choque de distintos puntos de vistas, por la propia evolución de los acontecimientos relatados o por la complejidad de los personajes y de sus trayectorias.