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David Sánchez Rubio: Ciencia-ficción y derechos humanos: complejidad, tramas sociales y condicionales contrafácticos

David Sánchez RubioProfesor titular de Filosofía del Derecho en la Universidad de Sevilla y co-director del Programa de Doctorado Derechos Humanos y Desarrollo que organiza la Universidad Pablo de Olavide (Sevilla), David Sánchez Rubio es muy aficionado a la ciencia-ficción desde su infancia, aunque antes de estas jornadas nunca había proyectado esa afición a su trabajo académico. Durante su intervención en Suturas y fragmentos trató de analizar las relaciones entre los derechos humanos y la ciencia-ficción, partiendo de una concepción abierta, flexible y compleja de ambos conceptos. "Si vemos en el mundo actual, ironizó David Sánchez Rubio, lo que se hace y lo que se dice en materia de derechos humanos, podemos comprobar que en la mayoría de los casos nos movemos en el terreno de la ciencia-ficción". Pero más allá de esa ironía, los derechos humanos se pueden describir como ideales de plenitud que se pretenden plasmar en la realidad, lo que conecta directamente con la dimensión especulativa de la ciencia-ficción.

En la línea de autores como Donna Haraway, Sánchez Rubio rechaza las posiciones políticas y filosóficas esencialistas y defiende la idea de que toda mirada es parcial, de que ninguna forma de conocer y comprender la realidad puede desligarse de una serie de condicionantes históricos y culturales (paradigmas epistemológicos) que imposibilitan la objetividad y neutralidad absoluta. Con la llegada de la modernidad, el discurso hegemónico occidental planteaba que el avance científico permitiría conocer "objetivamente" la realidad y resolver todos los problemas humanos. En las últimas décadas, ese optimismo se ha relativizado, pero sigue vigente la confianza en un progreso lineal de la historia y el desprecio hacia formas de conocimiento no científicas.

David Sánchez Rubio coincide con las corrientes teóricas que plantean que no podemos conformarnos con lo empíricamente dado. De hecho, para el autor de Esferas de democracia (2004), una de las cosas más interesantes de la ciencia-ficción es que se preocupa por la apertura de nuevos horizontes, jugando con los limites de la realidad empírica. De ese modo, nos permite especular sobre posibles evoluciones, transformaciones y desviaciones de la naturaleza y de la sociedad humana.

David Sánchez RubioPero, ¿a qué nos referimos cuando calificamos un libro, una película o un cómic como una obra de ciencia-ficción? No hay que olvidar que se trata de una modalidad narrativa muy amplia y heterogénea, donde se engloban producciones de todo tipo: desde obras que tratan temas científicos complejos con enorme rigurosidad a trabajos mucho más ligeros que se centran en los cambios generados por el progreso tecnológico. David Sánchez Rubio recordó tres definiciones distintas sobre este género narrativo. Isaac Asimov concibe la ciencia-ficción como la "rama de la literatura que trata de la respuesta humana a los cambios de la ciencia y de la tecnología". David Pringle dice que es una "forma narrativa fantástica que explota la perspectiva imaginativa de la ciencia moderna". Finalmente, el crítico literario Darko Sovin, define ciencia-ficción como una "literatura del extrañamiento cognitivo, a nivel espacial, temporal y epistemológico".

En cualquier caso, la ciencia-ficción es producto de la modernidad occidental. Una modernidad que, según Boaventura de Sousa Santos, se asienta sobre dos grandes pilares: un conocimiento regulador (cuyo objetivo es ordenar el caos) y un conocimiento emancipador (que intenta potenciar la solidaridad y reconoce en el otro a un sujeto). El conocimiento regulador se articula en torno a tres formas de organizar la convivencia humana: el Estado, el Mercado y la Comunidad. Igualmente, el conocimiento emancipador se basa en tres formas distintas de enfrentarse a la realidad: la racionalidad estético-expresiva (literatura, artes plásticas, música...), la racionalidad cognitiva-instrumental (ciencia y tecnología), y la racionalidad moral-práctica (derecho y ética).

A juicio de Boaventura, la expansión del capitalismo hizo que se rompiera el equilibrio que hasta entonces existía entre ambos tipos de conocimientos. "Se terminó imponiendo el pilar de la regulación, explicó David Sánchez Rubio, y la lógica del Mercado se absolutizó, alcanzando todas las esferas de la vida". A partir de entonces, en el ámbito del conocimiento-emancipador, la racionalidad cognitivo-instrumental ha tratado de vampirizar a las otras dos (la estética-expresiva y la moral-práctica). El Derecho, por ejemplo, se supeditó desde muy pronto a la racionalidad científica y empezó a utilizarse como una técnica de regulación social. El arte, a costa de ocupar posiciones sociales marginales, ha logrado conservar algo más de independencia frente al discurso instrumental-científico. Y aunque con frecuencia también se ha utilizado para legitimar el sistema, ha mantenido cierto potencial emancipador (eliminando la separación entre sujeto y objeto, concibiendo la solidaridad como un modo de saber, vinculando los procesos con los resultados...).

La concepción de los derechos humanos que hemos heredado de la modernidad capitalista reproduce plenamente la lógica liberal. Por un lado, se basa en una visión sustancialista y cerrada de la dignidad y de la naturaleza humana (que concibe como algo fijo y homogéneo). Por otro lado, contiene una serie de trampas y derivas, tanto en su enunciación como en su desarrollo. Así, separa conscientemente entre el ámbito de lo privado y de lo público, permitiendo que haya espacios de la vida (el ámbito doméstico, la economía...) donde los derechos humanos no pueden ser reconocidos. Además, limita su foco de influencia a la esfera política (que entiende en un sentido muy restringido). Frente a esa noción esencialista y rígida, David Sánchez Rubio apuesta por una concepción mucho más abierta, flexible y fluida que permita que los derechos humanos puedan aplicarse en todas las esferas de la vida social.

En este punto de su intervención, David Sánchez Rubio se detuvo en dos aspectos concretos: los marcos categoriales (los condicionales contrafácticos) que determinan el pensamiento occidental (y que se expresan a través de la ciencia, la ciencia-ficción y el discurso dominante sobre los derechos humanos); y los efectos que los avances científicos y tecnológicos tienen en las condiciones existenciales e identitarias de los hombres contemporáneos.

Tanto la ciencia como los derechos humanos están condicionados por unos ideales de perfección y principios de imposibilidad fáctica (que tienen que ver con los límites del saber y del actuar humano) que el pensamiento occidental intenta superar continuamente. En la ciencia contemporánea, por ejemplo, la investigación médica y genética sigue persiguiendo el "secreto" de la inmortalidad y de la eterna juventud, mientras la tecnología informática construye sistemas de control y vigilancia cada vez más complejos y sofisticados que buscan una omniscencia total en ciertos entornos. De hecho, la obsesión de la ciencia por estos principios de imposibilidad fáctica ha sido documentada profusamente por la literatura de ciencia-ficción, donde abundan las historias que hablan de robots y cyborgs humanizados que son inmortales, describen inventos fabulosos que permitirán en el futuro la teletransportación orgánica (viajes en el tiempo) o especulan sobre el creciente bio-poder (omniscencia) que proporciona el control de las redes digitales. A su vez, desde la noción liberal-occidental de los derechos humanos se plantea la posibilidad de que algún día, todos los hombres, con independencia de su raza, sexo y religión, podrán disfrutar de una situación de plena satisfacción de sus derechos.

La investigación científica y tecnológica tiene un impacto (directo o indirecto) en nuestras vidas, por lo que, a juicio de Sánchez Rubio, no debe obviar la dimensión socio-histórica, procesual, relacional y multidireccional de la condición humana que está determinada por esos principios de imposibilidad fáctica. Es decir, no puede perder nunca de vista el referente humano. En este sentido, el autor de Filosofía, derecho y liberación en América Latina (1999) recordó un cuento de J. L. Borges -El mapa del Emperador- que ejemplifica muy bien como una idealización científica que olvida el referente humano puede derivar en una acción patológica y de efectos contraproducentes. El relato narra la historia de un meticuloso emperador chino que ordenó la elaboración de un mapa que reprodujera con absoluta precisión el territorio que dominaba. Para satisfacerle, los cartógrafos hicieron un plano a escala real que ocupaba completamente el territorio que trataba de representar. De esta forma, el Imperio desapareció bajo el peso de su propia representación.

Portada del libro "El sol desnudo" de Isaac AsimovA menudo, el pensamiento científico occidental ha sacrificado la realidad por esos ideales de perfección y objetividad. De hecho, tras el proceso de secularización que puso en marcha la modernidad, se sustituyó la fe en Dios y en los dogmas cristianos por una sacralización de la ciencia y la tecnología. "No hay nada más idealista, indicó Sánchez Rubio citando a Franz Hinkelammert, que la ciencia empírica sometida a la ilusión trascendental; y este idealismo, como todos los idealismos, es absolutamente destructor y de ninguna manera pragmático o racional". Según David Sánchez Rubio, la ciencia no tiene que renunciar a los principios de imposibilidad, sino apelar al referente humano para que esos ideales no terminen cavando la tumba del hombre. Por ejemplo, cuando se cree en la posibilidad de alcanzar una "Libertad Perfecta" (total, eterna...), tenderemos a deshacernos (sea como sea y cueste lo que cueste) de todo aquello que impida su consecución. Esto supone aceptar el principio de que el fin justifica los medios, una premisa que ha utilizado EE.UU para invadir Afganistán e Irak (denominando sus campañas militares con expresiones tan elocuentes como "Libertad duradera") o para mantener a miles de presos en condiciones infrahumanas.

En la ciencia-ficción, esta problemática suele reflejarse de dos formas diferentes. Por un lado, se imagina un futuro en el que las relaciones humanas se articulan bajo tramas sociales de regulación o imperio, prescindiendo de lo afectivo, lo material y lo corporal. Así, en El Sol desnudo (Isaac Asimov, 1957), no hay contactos físicos entre los humanos que sólo se relacionan a través de medios tecnológicos. Por otro lado, se plantea la posibilidad de que la ciencia y la tecnología progresen sin olvidar el referente humano y, de ese modo, se desarrollen tramas sociales de solidaridad y emancipación (como ocurre en muchas novelas de Sturgeon, Octavia Butler o Juan Miguel Aguilera). En cualquier caso, a juicio de Sánchez Rubio, el principal reto que debe afrontar la humanidad en el futuro no es su relación con las máquinas (como plantea la trilogía Matrix), sino la convivencia de los seres humanos entre sí. "Sólo si el hombre, subrayó David Sánchez Rubio en la fase final de su intervención en Suturas y fragmentos, aprende a respetarse a sí mismo, a comprender sus posibilidades y a aceptar sus limitaciones, podrá vivir en equilibrio con el entorno (natural y artificial).